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Me parezco a las ballenas en su ciclo migratorio. Salgo del trópico, del valle de Caracas entre la montaña y el mar Caribe, voy a la cordillera, a mi natal Bogotá a ver a mi madre, mi familia, mis querencias de la infancia, sigo hacia el norte donde se asentaron mis hijos y nació mi nieta cerca de los océanos Pacífico y Atlántico. A veces cambio el rumbo y vuelo como las aves a otras ciudades. Voy escribiendo, haciendo fotos y contando lo que voy viendo por la vida. El momento de asentarme y echar raíces ha llegado.

El harem otomano y el harem muisca


Los sultanes en el Imperio otomano eran dueños absolutos del poder civil y religioso. Reinaban sin reina pero con un harem donde estaban recluidas, la madre del sultán o sultana, las hermanas, esposas, concubinas y esclavas custodiadas por esclavos negros eunucos. La madre de sultán era la sultana y su poder era enorme. La sucesión era complicada pues los sultanes tenían hijos con diferentes esposas y concubinas. Los príncipes reales crecían dentro del harem y las paredes del palacio amparados por sus madres para protegerlos de las intrigas y muertes muy corrientes en el sultanato para eliminar a los posibles herederos rivales. A la muerte de un sultán, muchas veces el heredero mandaba a matar a todos sus hermanos y primos anticipándose a una traición.
En esa primera centuria del Imperio Otomano, los españoles y portugueses llegaban a América y gracias a los cronistas de Indias que escribieron acerca de los usos y costumbres del nuevo mundo, nos hemos enterado que los Muiscas, habitantes de Cundinamarca y Boyacá tenían también su harem.
Se calculaba que la población muisca era muy numerosa. Los pueblos estaban gobernados por un Jeque y también había indios importantes. Tomaban por esposas a las mujeres de otros poblados para evitar el incesto y cuando sus esposos morían las viudas retornaban a sus sitios de nacimiento. Cada hombre podía tener varias esposas que cohabitaban en paz y el Jeque tenía hasta cien esposas. El vivía en una casa, cabaña o bohío y ellas, las esposas, en otra.
Dicen los cronistas de Indias que la convivencia entre esposas era armoniosa y cuando el Jeque quería compañía de alguna de ellas, sencillamente la llevaba a su casa un rato y luego la devolvía con las otras esposas. La heredad muisca de tierras y jefatura se hacía a los sobrinos, hijos de la hermana del Jeque. De esta manera se aseguraba que la sangre que corría por las venas del heredero era la misma del jeque fallecido. No confiaban mucho en la fidelidad de las esposas del Jeque y por eso era que ellas vivían con tanta armonía. Ninguno de sus hijos iba a heredar las tierras o el poder del Jeque, así que disfrutaban de su distinguida posición de esposas sin preocuparse de colocar a sus hijos en el trono o silla del poder.
Dos culturas completamente diferentes en dos mundos desconocidos entre ellos tenían costumbres parecidas en los mismos años. ¿Estaremos ante un campo mórfico? El harem muisca y el harem otomano, dos maneras de vivir, de gobernar y de asegurar la sucesión del poder en la familia.

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