BIENVENIDOS

Me parezco a las ballenas en su ciclo migratorio. Salgo del trópico, del valle de Caracas entre la montaña y el mar Caribe, voy a la cordillera, a mi natal Bogotá a ver a mi madre, mi familia, mis querencias de la infancia, sigo hacia el norte donde se asentaron mis hijos y nació mi nieta cerca de los océanos Pacífico y Atlántico. A veces cambio el rumbo y vuelo como las aves a otras ciudades. Voy escribiendo, haciendo fotos y contando lo que voy viendo por la vida. Vislumbro el momento de asentarme y echar raíces.

Volver al Salto Tequendama

Salto de Tequendama en Mayo 2015
 El salto de Tequendama era el viaje obligado para las familias bogotanas. Lo conocí muy pequeña de la mano de mis padres, junto a mis hermanos en medio de un espesa niebla. Mi hermana Claudia preguntaba con su vocecita ¿Porqué se cayeron las nubes?  y surgian las historias de  la tradición oral de los muiscas o chibchas. Cuenta la leyenda que de oriente llego un ser sabio y luminoso a las tierras de la sabana de Bogotá. Lo llamaron Bochica. Era alto, de barba larga, blanca y poblada, vestido de túnica y maestro para los indios chibchas. Les enseñó agricultura, a tejer algodón y fabricar sus ropajes y un código de convivencia humano y justo. Cuando ocurrió la inundación, tal vez el diluvio, las aguas del rio Funza o Bogotá se desbordaron y cubrieron las tierras de labranza y los asentamienos. Los muiscas llamaron a Bochica quien se paró en medio de las aguas represadas y con su bastón golpeó las rocas. Se abrió un espacio entre ellas por donde saltaron las aguas y nació el salto del Tequendama del Río Bogotá.
Muchos exploradores documentaron su paso por el Tequendama entre ellos Alejandro Humboldt, quien en 1801 describe minuciosamente las mediciones de altura, humedad, fauna y flora del lugar.
Regresé en los años ochenta al Salto y casi lloro cuando vi las aguas negras y sentí el olor nauseabundo del lugar. Felizmente en Mayo del 2015, Tatiana, la esposa rusa de mi sobrino nos invitó a pasear por el lugar.  Salimos via Soacha y en una hora y media habíamos recorrido los 42 kilómetros entre Bogotá y el Salto.
Hay lugar para estacionar al frente para pocos automóviles y tres puestos de venta de cafe, agua, caldo de costillas, arepas y fritanga.
Por ahora se entra a la casa museo por la ventana.
La mejor opción es ingresar a la casa museo en recuperación por la Fundación  Granja Ecológica El Porvenir . Desde hace unos años se inició la recuperación de esta mansión de estilo frances adosada al precipio. Fue construida por el arquitecto Carlos Arturo Tapías en 1920 y  ha sido oficina del ferrocarril, hotel y restaurante entre otros usos. La entrada es supereconómica y contribuye a financiar el proceso de restauración del inmueble.
La restauración ya lleva unos años.
Entramos por la ventana y con cuidado fuimos recorriendo un planta interna y bajamos hasta la terraza de observación para observar el salto.
Es peligroso pasar las cintas amarillas.
Seguimos al pie de la letra las instrucciones de la guía, una ecológica de corazón y vocación quién nos habló sobre el Río Bogota. En las paredes superiores de la casa museo está dibujado curso del río desde su nacimiento hasta su desembocadura en el Rio Magdalena. Son 375 kilómetros de recorrido desde el páramo hasta las tierras bajas. Cada tramo del rio está señalizado por un color que indica el grado de contaminación. Nace pristino y cuando entra y sale de Bogotá, el tramo esta en color negro. Nosotros los más de 7 millones ciudadanos,  los demás habitantes de pueblos, los industriales de curtiembres, otras fábricas y negocios  depositamos sin compasión ni remordimiento alguno todas las aguas residuales. Si las aguas negras, esas que salen de cada casa, apartamento, escuela, hospital, fábrica, negocio grande o pequeño que solamente son tratadas por la Planta  Tratamiento de El Salitre. Volvamos a la terraza de observación a ver el Salto.
Turista en la terraza de observación

La flor preferida por los colibiríes del lugar.
Había mucha neblina pero el viento fue llevandose las nubes y el sol salió iluminando el salto de 150 metros de caida. Nos recomendaron no pasar las cintas amarillas en los bordes pues la vegetación que se observa crece en los muros verticales y un mal paso es mortal.
La flor de la enredadera del curubo.

 Observamos las plantas, las flores, los colibries, nos tomamos fotos, no vimos fantasmas, ni suicidas, y me reconcilié con ese lugar de arco iris eternos por donde un día se fue el señor Bochica.

Cuando sale el sol se pueden tomar buenas fotos del Salto del Tequendama

No es un fantasma, el encargado de los trabajos de restauración.
Follow my blog with Bloglovin

No hay comentarios.

Publicar un comentario

© semillasdeacacia
Maira Gall